Itinerarios de futuro

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Me gusta hacer listas. Aunque no lo parezca mirando el estado habitual de mi habitación, soy una persona bastante ordenada y con las ideas muy claras, sobre todo para las cosas importantes (para las pequeñas e insignificantes soy horriblemente indecisa, decidir qué quiero pedir para comer en un restaurante es una odisea) y escribirlo, encerrarlo en papel, me ayuda a tenerlo todo aún más decidido.

Así que tengo un millón de libretas (en serio, he descubierto que en mis casi siete meses viviendo fuera de casa he acabado acumulando demasiadas libretas, todas absolutamente imprescindibles, por supuesto) en las que además de contar mi vida a modo de diario, recolectar recetas y apuntar cosas al azar, hago listas. Caminos. Posibilidades.

Distintos itinerarios para mi futuro.

Sé que estoy un poco monotemática con todo esto de no saber qué coimes hacer con mui futuro, pero me consuelo pensando que habrá más gente como yo, obsesionada no, pero siempre con el runrún de fondo, como la musiquita de espera cuando llamas al servicio técnico. No puedo evitar pensar en todo esto, en lo difícil que es encontrar un trabajo que te dé para vivir, para ser independiente, para poder moverte a tu aire y ya ni hablemos de que sea o no de lo tuyo, de lo que has estudiado.

Ahora mismo no descarto nada, pero supongo que después de cuatro años estudiando como una loca y dejándome los cuernos en intentar ser la mejor versión de mí, acabar la carrera y conseguir unas notas decentes, eso de trabajar en algo que no tenga nada que ver tiene que dar, como mínimo, un poco de coraje. Y además parece que, con los tiempos que corren, en el momento en el que encuentras un trabajo remunerado, pierdes automáticamente la gracia de poder quejarte. Cállate, que tú por lo menos estas trabajando.

Pero me pierdo. Itinerarios de futuro, a eso iba.

Casi todos parten de la certeza de que yo no puedo, realmente, influir en ellos, porque siempre hay un porcentaje importante que depende de otros factores. Las decisiones de otras personas, notas de corte, número de plazas ofertadas,… de momento me estructuro así:

  • Camino 1. Me contratan, me quedo aquí, soy feliz.
  • Camino 2. No me contratan. Pese a todo, sigo feliz. Tengo las opciones de:
    • Hago el master (porque me da la nota, me admiten, hay plaza para mí y todo eso. Dos años más para pensar qué hago con mi vida).
    • Me preparo unas oposiciones (cuáles, cómo, por qué. El problema principal es que el Ministerio ha anunciado que va a sacar plazas pero aún no hay fecha ni numero ni nada que se le parezca así que estamos en la inopia en lo que respecta a oposiciones de justicia).
    • Hago el master y me preparo las oposiciones (y ya puestos, aprendo a coser y me hago una capa de súper heroína).
  • Camino 3. Me toca la lotería. Me dedico a viajar.

Evidentemente, mi opción favorita es la tercera, ¡una pena que solo compre boletos en Navidad!

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Pequeñas cosas que me hacen feliz vI.

He decidido que como últimamente estaba un poco depre, fijándome más en las cosas negativas que en las positivas, que debo empezar a recordarme las cosas, pequeñas o grandes, que me pasen y que me ayudan a ser un poco más feliz.

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Porque el día internacional de la felicidad puede ser hoy. Y mañana. Y pasado también. Me está viniendo a la cabeza la canción de Serrat: “hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo, depende en parte de ti”

  • Llevamos tres días de sol y casi calor. Y eso en un país como Bélgica es un auténtico regalo del cielo.
  • Hoy he mantenido dos conversaciones en francés por teléfono y no sólo he conseguido enterarme sino hacerme entender sin tener que pasarme al inglés o gesticular con las manos como un mimo.

Buenas noticias ¿atraen buenas noticias?

 

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Hoy estoy muy contenta. No quiero pensar más en el tema trabajo o no, pero no puedo evitar intentar relacionar una con otra. ¡Pero eso prefiero dejarlo más allá!

Me han dado una buena noticia hoy. Me voy a mudar de un piso a otro. El mío no es que esté mal, pero vivo sola y el cuarto de baño se atasca muchísimo, me siento más un gato que una persona porque cada vez que me ducho, me toca pasarme media hora recolectando pelitos. Además la cosa sería que voy a pasar de vivir sola a vivir con una amiga y las dos cosas me han hecho mucha ilusión.

Como yo he estudiado en la misma ciudad en la que he vivido toda mi vida, pues mis años universitarios han sido en casa de mis padres. Que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas (aquí por ejemplo, en el primer piso no tengo lavadora y eso de tener que ir a hacer la colada fuera es un soberano rollo) pero quieras que no, hasta ahora no he experimentado la libertad de entra y salir cuando y cómo yo quisiera. Sí que me ha vuelto loca el tener que pensar en qué iba a hacer de comer cada día, pero bueno.

Así que sólo le veo cosas positivas a mudarme de piso. Mi habitación nueva va a ser un poco más pequeña, pero sigo estando en la zona del centro, el alquiler es bastante más bajo, voy a vivir acompañada y lo mejor de todo, la cocina es una maravilla.

En el piso donde estoy ahora la cocina es compartida por demasiadas personas y al final no hay día en el que no tenga que fregar yo antes de ponerme a cocinar, por no hablar de todas las veces que he entrado para darme la vuelta porque era simplemente asqueroso, He tenido la mala suerte de convivir con gente con una tolerancia muy, muy alta a la suciedad y eso de que mientras no hay bichos pululando (cosa difícil en enero con las temperaturas que hay aquí) todo es salubre.

Que sí, que voy a renunciar a tener mi propio cuarto de baño pero, ¡gano una bañera!

Lo único que me da muchísima pereza es pensar en la mudanza. Es impresionante la cantidad de cosas y cacharros que he ido acumulando en casi siete meses. Increíble. pero bueno, he prometido cerveza a quien me ayude y de momento tengo bastantes candidatos, así que ese mal trago será corto comparado con todo lo que va a venir.

¡Ya estamos planeando la fiesta de re-bienvenida!

Recuerdos y libros

 

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Este año pasado no he leído demasiado y eso en mí es algo raro. Sí que me he dado cuenta de que una de las cosas que primero eché de menos cuando me mudé de mi casa-de-siempre a mi habitación-en-piso-compartido fue que dejaba de estar rodeada de libros y seis meses después he de decir que he ido comprando, más de uno y más de dos y que en cada uno de los viajes que he hecho ha acabado alguno viniéndose conmigo.

Creo que los libros, como las fotografías, son de las cosas que convierten una casa en un hogar. Yo he crecido rodeada de libros, en mi familia todo el mundo lee. Supongo que es normal que acabe asociando una cosa con la otra.

Estar rodeada de libros me da paz. Siempre he sido capaz de estudiar mucho mejor en bibliotecas, públicas, la de la facultad, que en mi casa. Y no era por cambiar de ambiente, porque cuando no había ni una sola silla vacía en la biblioteca y tenía que moverme a una de las salas de estudio, era la cosa menos productiva del mundo.

Además, recuerdo que una tradición de cuando era pequeña era ir todos los domingos con mi padre a la biblioteca primero y después al parque. Siempre he leído muy rápido y los libros que me compraban me duraban un suspiro así que eso de tener para mí un edificio lleno era el paraíso. Otro de los recuerdos de mi infancia que guardo con especial cariño fueron unas navidades en Madrid, cuando me sacaron el carné de la biblioteca que estaba al lado de casa de mi tía y me dejaban vagar por las estanterías a mi aire. Me sentía súper mayor y echando la vista atrás no tendría más de siete u ocho años. Esas navidades conocí las Crónicas de Narnia.

Una de las cosas que me encantaría tener en mi casa de adulta definitiva sería una biblioteca. Una sala como tal, rodeada de libros, con estanterías, sillas y mesas y sillones muy, muy cómodos. En mi casa y la de mis abuelos no hay una biblioteca como tal: en la mía, hay libros y estanterías en todas, absolutamente todas las habitaciones y en casa de mis abuelos maternos, lo mismo. En casa de los paternos, la biblioteca es más bien un pasillo largo y todas las paredes que rodean a las escaleras de los tres pisos.

Así que sí. Querré una biblioteca. Y si ya hay una chimenea, perfección.

Cuando la esperanza muerde

 

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Hace un par de días no podía dejar de pensar en lo incierto de mi futuro y en como me daba la sensación de ser un castillo de naipes que a la más mínima ráfaga de aire se iba a desplomar y me iba a ver sentada en el suelo sin saber dónde ni cómo reaccionar. Me preocupa mi futuro (esencialmente el laboral, gracias a Dios en lo demás no puedo quejarme ni un poquito) y cuanto más pienso sobre eso, más me agobio. Ahora mismo estoy como #becariaprecaria en una empresa en la que el ambiente es lo más, el trabajo me encanta y mis compañeros son un amor.

Y por qué te quejas, te dirás.

Pues porque las posibilidades de que me contraten son ínfimas. Primero porque no soy la única becaria, hay dos más y uno de ellos está mucho, mucho más preparado académicamente que los demás. Y también hay que tener en cuenta que en el momento en el que yo me vaya o exija un suelo, habrá otro becario en la puerta dispuesto a hacer el mismo trabajo que yo gratis, exactamente como yo estoy ahora.

Así que con todo el dolor de mi corazón yo me había mentalizado a eso. No me van a contratar. No. Esto es muy bonito pero va a ser una experiencia y una manera de sumar un año de experiencia laboral a tu CV, pero cuando acabe te vas a volver a tu ciudad, a hacer tu máster (si entras) y a posponer durante dos años más tu angustioso futuro.

Estaba claro.

Estaba todo bien.

Estaba más que mentalizada a que eso era lo que iba a pasar y casi que no me dolía ni me sentía inútil por estar metiendo tantas horas de trabajo a algo que no iba a servir, al final del día, para nada, más allá de lo mucho que he aprendido.

Y entonces el viernes mi jefe me dio la noticia. La. Noticia.

Hay una remota, remotísima posibilidad de que contraten, siempre que el primer candidato diga que no. Sería un contrato muy, mu corto, por apenas unos meses y ni siquiera sé cuál sería el sueldo. Mi trabajo sería el mismo que el que estoy desempeñando ahora pero recibiría un sueldo.

Y ahora estoy nerviosa. Muy, muy nerviosa. Con ganas de que llegue ya la semana que viene (que es cuando se supone que me dicen si el otro candidato ha aceptado o no la oferta) y quedarme tranquila de una vez. Llevo peor la espera en silencio (porque no se lo he dicho a nadie, vaya a ser que no lo consiga y tenga que estar explicando una y otra vez a personas con cara de tristeza por compromiso que me he quedado a las puertas), poniendo buena cara, que que me digan que no. Que sigo como becaria.

Estaba preparada para el no. Estaba preparada para volverme a casa sin recibir un salario. Estaba preparada para todo eso.

Lo que me está haciendo daño de verdad es la esperanza. El ilusionarme aunque no quiera, el que se me escape la mente  me ponga  a pensar, a imaginar. Eso es lo peor. Lo que más duele. Lo que va a hacer que me dé el golpe cuando me caiga desde arriba.

Carretera y Menta

¿Carretera y Manta? ¡No!

 

Carretera y Menta.

 

Menta te cuenta qué es lo que piensa. Cómo he decidido que después de un tiempo viviendo fuera de casa y acostumbrándome a mí misma, necesito un lugar en donde hablar y contar mis cosas. Para mí y de mí. Me llamo de otra manera, pero aquí seré Menta, me gusta comer (que no siempre cocinar), viajar, leer y los animales. Una chica con gustos sencillos que no lee ni viaja tanto como querría porque estoy en permanente estado de tiesez.

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Nací en el sur del sur en el año mil novecientos noventa y cuatro y estudié Derecho Actualmente estoy de becaria precaria en una empresa extranjera y así me va. Echando de menos el sol y chapurreando mil idiomas.

 

¡¡Bienvenidos!!